Cultura

WANG BUSCA QUE SU PIANO TENGA UNA SENSACIÓN ‘COMO DE PELÍCULA’

Ciudad de México 17 agosto 2026.- El pianista Angel Stanislav Wang (Los Ángeles, 2003) llega a México para enfrentarse a una de las cimas del repertorio, el Concierto núm. 3 en re menor de Sergei Rachmaninoff.

 Aunque reconoce su extrema dificultad, centra su interpretación en la línea melódica y el recorrido emocional debajo de esa complejidad técnica.

 La genialidad del compositor ruso, añade, radica en sus melodías únicas e irrepetibles.

 «Aunque haya 100 o mil notas revoloteando alrededor, hay una línea que es la más importante, y esa es la melodía», dice desde Los Ángeles. «Esa melodía se siente como la voz humana».

 «Es algo irrepetible. La manera en que la escribió es increíble: compuso muchísima música y ninguna melodía es igual a la anterior», agrega, en víspera de su debut en México con la Orquesta Sinfónica de Minería (OSM).

 Su vínculo con esta obra en particular no es reciente ni casual. Wang cuenta que Rachmaninoff fue el primer compositor que escuchó en su vida, a los 4 o 5 años, cuando vio una grabación de Van Cliburn interpretando justamente el Concierto núm. 3 en el histórico Concurso Tchaikovsky de 1958. Ese fue el momento, dice, en que se enamoró de la música clásica.

 «Su música tiene todo. Es muy humana: la gente experimenta las mismas emociones que él plasmó ahí, los recuerdos, la ansiedad, el amor, la ambición, la esperanza. Y eso se entiende a nivel inconsciente.

 «No puedo decir que hubo un momento en que cambió mi manera de sentir a Rachmaninoff. Siempre estuvo presente en mi vida. Siempre lo pensé como uno de los grandes genios de la historia de la música clásica».

 Esta manera de escuchar, ir más allá de la nota, hacia la voz, es el resultado directo de su formación. Wang aprendió piano desde niño con su madre, egresada de la Academia Gnessin de Moscú y de la Escuela Central de Música, que pertenece al Conservatorio Tchaikovsky.

 A los 10 años se mudó a Moscú y, desde entonces, todos sus maestros han pertenecido a la escuela pianística rusa. Este otoño ingresa a Juilliard, en Nueva York, y anticipa que ese cambio le abrirá otra manera de entender la música.

 «Creo que la escuela rusa está enfocada, sobre todo, en el arte del sonido. Es la producción del sonido», plantea. «Cuando escucho a pianistas rusos, de la generación anterior o de esta, reconozco de inmediato la escuela, el sonido profundo, las cualidades orquestales, el fraseo, el legato. Son los sellos distintivos del piano ruso».

 En el Conservatorio, explica, se pasa mucho tiempo trabajando el sonido, la forma de la pieza y sobre todo, recalca, la importancia del lado emocional.

 «Porque no somos solo pianistas que tocan un instrumento: también somos actores. Al final, la gente no sale de la sala pensando en las notas que te equivocaste. Sale pensando en las emociones que sintió durante la interpretación. Debería sentirse como ver una película», expresa.

 Esa vocación teatral viene desde antes del conservatorio. De niño, Wang montaba espectáculos en su casa, con luces y efectos especiales, que preparaba durante semanas. Practicó también ballet de manera profesional durante nueve años, fue campeón internacional de baile de salón y llegó a obtener cinta café en taekwondo antes de decidirse, ya adolescente, por el piano de lleno.

 Ese instinto escénico, dice, permanece. Emerge cuando aborda partituras como Petrushka, de Igor Stravinsky.

 «Cuando la toco, me imagino la producción en escena: lo que hacen los actores, los bailarines, la historia. Lo tengo todo en la cabeza, como un director de cine», cuenta.

 Esa misma lectura dramática es la que aplica a Rachmaninoff, a quien considera uno de los compositores más trágicos del repertorio, incluso en sus pasajes felices.

 «Su música puede ser muy oscura, pero nunca escucho desesperanza en ella. Siempre hay un movimiento hacia la ternura, la aceptación, algo de luz», dice. «Rachmaninoff rara vez te dice exactamente qué son esas cosas, y por eso mucha gente puede poner su propia vida dentro de su música».

 Wang se presentará en el Centro Cultural Ollin Yoliztli y en el Palacio de Bellas Artes en su debut con la OSM.

Encuentro con México

 En su visita al País, lo primero que desea ver, incluso antes de tocar, es la sala misma del Palacio de Bellas Artes.

 «Es una de las salas de concierto más hermosas del mundo. La he visto en películas y documentales sobre mis pianistas favoritos, y creo que verla en persona va a ser increíble: la arquitectura, la historia», dice.

 Con apenas seis días en México, también espera visitar el Museo Nacional de Antropología y la Catedral Metropolitana, aunque sabe que el tiempo alcanzará para poco.

 Entre ensayos y la disciplina estricta de una gira, agrega, rara vez le sobra tiempo para hacer turismo.

 «No viajo a los países para hacer turismo, viajo para tocar. Pero sí quiero usar esta oportunidad para experimentar la cultura, sobre todo porque es mi primera vez y solo he visto México en fotos», añade.

 Wang no busca, dice, la ovación de pie.

 «Eso se vuelve casi egoísta. Mi propósito es compartir la música de Rachmaninoff y entregar algo bello desde el alma. Solo espero que el público salga de esta sala sintiéndose una persona nueva».

 Será conducido por Carlos Miguel Prieto, director artístico de la OSM, en un programa que también integrará Trajín, de la compositora mexicano-canadiense Alejandra Odgers.

Toma nota

 Qué: Temporada de verano Orquesta Sinfónica de Minería

 Quién: Angel Stanislav Wang, solista invitado

 Cuándo: viernes 21 y sábado 22, 20:00 horas en la Sala Silvestre Revueltas del Centro Cultural Ollin Yoliztli (Periférico sur 5141, Isidro Fabela); domingo 23, 17:00 horas en el Palacio de Bellas Artes (Juárez y Eje Central, Centro.

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