MESÓN GUADALUPE Y LA DECENCIA ORDINARIA
Francisco Montfort Guillén
Existen hechos que marcan un antes y un después en la vida de ciertas sociedades. No son grandes hechos necesariamente. Pero sí son significativos porque se instalan precisamente en la vida cotidiana y desde esa cotidianeidad revelan cuestiones profundas, sentires de ciudadanos que expresan molestias o apoyos que se suman a otros y lo que es un hecho cualquiera puede ser indicado, después, como el inicio de una brecha que se podría transformar en tendencia. En efecto. No es la primera vez que durante el transcurrir de la vida cotidiana se expresa un apoyo o un repudio a favor o en contra de ciertos personajes. Pero el hecho de provenir de la rutina social y disparar una noticia les concede una singularidad que puede llegar a marcar un cambio.
En un extraordinario restaurante. Propio de personas que gustan del deleite gourmand, en un día cualquiera, se presentan dos comensales a gozar de sus alimentos. Cuando son descubiertos por otros clientes, inesperadamente surge un coro. Un coro de protesta contra la presencia de esos parroquianos. ¿Se trata de clientes de otra clase social que no son bienvenidos por su baja condición? ¿O acaso dichos comensales son de alguna religión prohibida? ¿O se trata de extranjeros mal vistos en la región? ¿Son víctimas de una intransigencia de una mayoría ideológica? No. Nada de esto sucedió. Por el contrario. Se puede afirmar que los causantes del rechazo son los dos mismos comensales repudiados que quedaron como víctimas. Esta es la paradoja que conviene resaltar.
Estas expresiones de repudio ciudadano no existían en México, por lo menos no hasta antes del año 2018. Pero llegó a la presidencia Andrés Manuel López Obrador y sus inquinas, odios y complejos los convirtió en discurso político cotidiano con tal fuerza propagandística que sus dichos permearon entre la sociedad mexicana a tal grado que sus decires empezaron a ser retomados como clichés, como sólidos argumentos por muchos caricaturistas y periodistas y ensayistas y opinólogos y adquirieron un lugar privilegiado en el habla cotidiana de los mexicanos en todo el país. Al final de su sexenio no había duda de que, como propósito político de dominio AMLO había instalado los rencores, los odios sociales, los estigmas en habla cotidiana en una sociedad que nunca había sufrido la división social, familiar, de camaradería por causas de índole política.
Lo sucedido en Coatepec, Veracruz no es el primer incidente de expresión de rechazo como revancha en contra de los políticos que apoyan a López Obrador. En plena campaña, la hoy gobernadora vivió ese bochorno en el Café La Parroquia en Boca del Río, aunque parece ser que en aquella ocasión fue un acto preparado al calor de la campaña. Lo que sucedió en el Mesón Guadalupe guarda la singularidad de la espontaneidad, pues se da en un momento en que no existen pasiones encendidas por la lucha electoral. Es cierto que en los medios sociales informados se lee cotidianamente el grueso de la conversación pública que no es otro que la enorme corrupción de los gobiernos de Morena en sus varias expresiones y a diferentes niveles, con el ingrediente mayor de que las denuncias, muchas de ellas sostenidas con pruebas reales obtenidas por periodistas de investigación, son soslayadas por las autoridades lo que ha creado la certeza de una gran impunidad para todos los funcionarios y políticos de Morena.
Ante la impotencia para influir en la corrección de esas conductas ilegales, a los ciudadanos, dotados con la única arma de la decencia ordinaria, les queda como única arna expresar su repudio a las figuras señeras del movimiento político que gobierna el país, la conversación pública y la opinión oficial sobre la realidad mexicana. La decencia ordinaria es el capital cultural, familiar, social es decir político para hacer frente al Estado autoritario, al Ogro Despótico iletrado más terrible, aterrador que ha dominado México, puesto que lo hace de la mano del crimen organizado, al parecer protegido férreamente desde Palacio Nacional.
Los fritos de ¡Fuera Morena! repetidos como estribillo de canción infernal, estallaron en los oídos de un hermano de López Obrador y su señora esposa. Difícil momento habrá sido para esa pareja sentir el rechazo de sus iguales en tanto que parroquianos. El escándalo ha derivado en la publicación de los puestos públicos y sus sueldos de los familiares de Arturo López Obrador que han encontrado cobijo en el gobierno estatal de Veracruz. Pero lo que importa destacar es que el veneno de la división social entre mexicanos inoculado por AMLO sigue sus vías irrefrenables y causa desasosiego político pues esa división puede escalar a la violencia física con las próximas elecciones.
A falta de instituciones democráticas sólidas y extendidas a lo largo de Veracruz y del país, existe una fuerza social que puede unir a la población que busca terminar con el terror de los actuales gobiernos. Esa fuerza ciudadana no es otra que la decencia ordinaria, que debe ser evocada por las fuerzas opositoras para reencauzara México por el camino de las libertades, de las igualdades atemperadas, la fraternidad fortalecida con un Estado responsable, sin vicios, formado por los mejores ciudadanos expertos en el quehacer público. Con esa fuerza social se puede hacer el gran cambio.
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