Cultura

DE LA PASIÓN AL AGÜITE: UN CAMBIO INESPERADO

Monterrey, NL 12 julio 2026.- Después de la euforia colectiva del «¿Y si sí?», que durante semanas alimentó la esperanza mundialista de millones de mexicanos, se pasó en cuestión de horas a la tristeza, el enojo y la desilusión. La derrota del Tri ante Inglaterra el domingo pasado no sólo puso fin a un sueño deportivo: también sacudió una emoción colectiva.

 Tanto los aficionados como quienes no son tan seguidores del futbol, pero se identifican con la Selección, experimentaron una montaña rusa de emociones que sintieron con intensidad.

 Porque lo que ocurrió tras el silbatazo final fue mucho más que la reacción a un partido perdido: reflejó el peso que el futbol tiene como símbolo de identidad compartida y la necesidad profundamente humana de sentirse parte de algo más grande que uno mismo.

 «Aquí el futbol no lo estamos viendo únicamente como un deporte, sino que se está viviendo como una experiencia emocional, social, simbólica», señala la psicóloga y psicoterapeuta María Mendiola.

 «Se activan emociones como esperanza, ansiedad, frustración, orgullo y, a veces, hasta el duelo».

 En Nuevo León era casi imposible pasar por alto los días en que México tenía un encuentro, pues una marea verde de aficionados portando orgullosamente la playera de la Selección inundaba las calles de la Ciudad.

 Los ciudadanos se reunían con amigos, familiares e incluso desconocidos para ver los partidos y apoyar a su equipo.

 «El tema futbolístico te llega hasta un nivel identitario», apunta José Antonio Zamora Barrera, profesor de Psicología en la Universidad Iberoamericana.

 «La gente dice: ‘yo soy Tigre’, ‘yo soy Rayado’, ‘yo soy del América’, ‘yo soy Chivas'».

 El mismo fenómeno ocurre con los seguidores de las selecciones que aún siguen con vida en el Mundial.

 Al llegar a un nivel identitario, explica, se busca una convivencia fraterna basada en algo que se comparte con otros.

 Y, desde ahí, es mucho más fácil que un resultado se sienta como algo personal, casi propio.

 Por eso se dice «ganamos» o «perdimos», aunque el ciudadano ni siquiera haya pateado la pelota.

 «Te duele como si lo hubieras perdido tú y se siente como si lo hubieras ganado tú», afirma Zamora.

 «Son una serie de fenómenos humanos y psicológicos que forman parte de la condición humana».

UNA ESPERANZA

 Conforme México avanzó en el Mundial, Miranda sintió crecer la esperanza.

 Al inicio no imaginaba posible una victoria, confiesa, pero poco a poco se contagió de la ilusión colectiva.

 «Creo que todo México necesitaba un alivio de tantas cosas negativas, sentir que por primera vez en mucho tiempo estábamos alcanzando algo, un mérito», comenta la joven de 28 años.

 «Fue terrible verlos perder. Fue como experimentar un regreso abrupto a la realidad. Se acabó ese sueño».

 En tiempos de polarización política y problemas económicos, el Mundial se convirtió en un espacio donde depositar esperanza.

 Incluso hubo videos de personas que expresaban que, por un momento, se olvidaban de todos sus problemas.

 «El que (México) gane no resuelve los problemas reales, ni los asuntos económicos, sociales y políticos, pero sí te ofrece una experiencia momentánea de alegría, de orgullo, de posibilidad», indica la psicóloga Mendiola.

 «Es como si por unas horas el país pudiera imaginarse diferente, unido, fuerte, victorioso».

 Los espacios públicos se convirtieron en escenario de bailes y festejos, como el popular «¡Quiere volar!».

 Por momentos, las diferencias de edad, gustos y profesiones parecieron difuminarse. Incluso dejó de importar si un regio era Tigre o Rayado, porque todos eran tricolores.

 Fue como un pegamento que unió al País.

 «Otra cosa que tiene muy poderosa el futbol es que ocurre en comunidad», destaca la psicóloga Mendiola.

 «Y esa sensación de unidad es profundamente humana porque necesitamos pertenecer».

 La Selección se convierte en un símbolo del País y, si a ello se suma la historia personal de cada quien -como haber crecido en una familia futbolera-, las emociones se multiplican.

LA CAÍDA

 Hubo quienes lloraron, cayeron al suelo, se abrazaron desconsolados o hicieron berrinche. Otros, dominados por la rabia, iniciaron peleas, protagonizaron actos vandálicos, quebraron televisores o agredieron a algún familiar.

 Se vale estar triste, llorar, enojarse, desilusionarse y sentir desesperanza, pero cuando estas emociones se convierten en conductas violentas o afectan la vida de la persona, es momento de prestar atención.

 «Aquí entramos a las zonas grises que también destapa el futbol», destaca el profesor Zamora.

 «La gente que tiene problemas de autorregulación emocional es la más frágil y es donde más se nota. Así como hicieron el berrinche por un tema de futbol, te van a hacer un berrinche porque la sopa le supo salada».

 Con la derrota de México ante Inglaterra no sólo duele haber perdido un partido: también se derrumba la ilusión de ganar.

 Por eso hay quienes llegan a experimentar una especie de duelo, coinciden los especialistas.

 El problema no es sentir todas estas emociones, sino perder la capacidad de regularlas.

 «La pasión deportiva puede ser sana cuando une, cuando te da entusiasmo, cuando te da alegría», indica Mendiola, «pero se vuelve muy preocupante cuando te afecta de manera negativa, intensa y prolongada».

 Todo lo vivido durante esta fiesta mundialista puede ser una gran oportunidad para mirarse hacia adentro.

 «Esta pasión que tengo por el deporte se puede convertir en un espejo de mi manera de vivir las emociones», añade la psicóloga, «y aprender a conocerme más».

 ¿Cómo llevas tus emociones?

 – Las emociones no son malas, pero hay que aprender a vivir con ellas.

 – Ponles nombre. Identificarlas ayuda a regularlas.

 – No actúes por impulso. Date tiempo para sentir antes de actuar.

 – Cambia la perspectiva. Date la oportunidad de ver las cosas desde otro ángulo.

 – Exprésalas sin violencia. Hablar, hacer ejercicio o crear arte son alternativas saludables.

 – No toda emoción necesita convertirse en una acción. También es válido simplemente sentirla.

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