CAMBIAN FAMILIAS: MÁS DIVORCIOS, MENOS HIJOS
Agencia Reforma
Monterrey, NL 4 octubre 2026.- Hogares más pequeños, nuevas formas de convivencia y una población que envejece revelan los cambios demográficos de Nuevo León.
VIVIR DE OTRA MANERA
Los cambios van más allá del número de hijos y alcanzan la vida cotidiana dentro de las viviendas.
En cinco años, los hogares nucleares de Nuevo León pasaron de representar 63.6 a 62.4 por ciento del total. En contraste, los hogares unipersonales aumentaron de 11.7 a 14.3 por ciento.
También cambió la composición de los hogares familiares.
Los formados por una pareja con hijas o hijos disminuyeron de 61.4 a 55.9 por ciento entre 2020 y 2025. Al mismo tiempo, las parejas sin hijas o hijos aumentaron de 16.6 a 18.9 por ciento.
También crecieron los hogares en los que la persona de referencia es una mujer con hijas o hijos y sin pareja, que pasaron de 13.9 a 16.2 por ciento. Los encabezados por un hombre con hijas o hijos y sin pareja aumentaron de 3.3 a 3.8 por ciento.
El promedio de ocupantes por vivienda también disminuyó: pasó de 3.6 personas en 2020 a 3.3 en 2025.
MÁS SOLTEROS Y DIVORCIOS
La situación conyugal muestra otro cambio.
Entre la población de 12 años y más, la proporción que se declaró soltera aumentó de 33.1 a 35.3 por ciento entre 2020 y 2025.
En contraste, quienes se declararon casados disminuyeron de 41.0 a 36.8 por ciento. La población en unión libre pasó de 14.8 a 15.7 por ciento.
También se registraron variaciones menores entre quienes declararon estar separados, divorciados o viudos. Por otra parte, durante 2025 se registraron en Nuevo León 56.4 divorcios por cada 100 matrimonios, frente a 31.6 a nivel nacional.
Con esa relación, Nuevo León ocupó el tercer lugar entre las entidades del País, por debajo de Campeche y Tamaulipas.
Los datos muestran así una modificación en las formas de convivencia: disminuye el peso de los matrimonios y de las parejas con hijos, mientras aumentan tanto las personas que viven solas como las parejas sin descendencia.
NO SIEMPRE BAJO EL MISMO TECHO
La transformación también puede observarse entre los menores de edad.
En 2020, en 71.4 por ciento de los casos, tanto la madre como el padre de la población de 0 a 17 años residían en la misma vivienda. Para 2025, la proporción había descendido a 67.3 por ciento.
En sentido contrario, los casos en que sólo la madre residía en la vivienda aumentaron de 17.4 a 20.1 por ciento.
La presencia únicamente del padre también aumentó, de 1.8 a 2.6 por ciento.
La diferencia se hace más evidente conforme aumenta la edad de los menores. En 2025, ambos padres residían en la vivienda en 70.4 por ciento de los casos entre los niños de 0 a 5 años, pero la proporción bajaba a 63.4 por ciento entre los adolescentes de 12 a 17 años.
CAMBIA EL MAPA GENERACIONAL
Al mismo tiempo que se modifican los hogares, cambia la estructura por edades de la población.
En Nuevo León, los menores de 0 a 14 años representaban 23.9 por ciento de la población en 2020 y 20.7 por ciento en 2025.
En el otro extremo, las personas de 60 años y más aumentaron su participación de 11.3 a 13.3 por ciento.
La edad mediana del Estado pasó, además, de 30 años en 2020 a 32 años en 2025.
El cambio también se refleja en la dependencia demográfica. En 2020 había 46 personas dependientes por cada 100 personas en edad de trabajar; en 2025 la relación descendió a 42. Pero mientras la dependencia infantil bajó de 35 a 29, la de vejez aumentó de 11 a 13.
Nuevo León se encuentra así ante una transformación demográfica que no sólo implica tener menos hijos. También significa hogares más pequeños, más personas que viven solas, más parejas sin descendencia, una mayor proporción de personas solteras y un progresivo envejecimiento de la población.
Los datos de 2025 muestran, en suma, que la familia nuevoleonesa conserva buena parte de sus estructuras tradicionales, pero convive cada vez más con formas distintas de vivir en pareja, criar a los hijos y organizar el hogar.
OTRAS FORMAS DE VIDA
Para la psicóloga y psicoterapeuta María Mendiola, los cambios en la composición de las familias llevan a revisar ideas arraigadas sobre la vida adulta.
«Durante mucho tiempo, casarse y tener hijos era suficiente como prueba de madurez, de una vida bien encaminada», señala. «Pero hoy hay como otros caminos posibles, otras trayectorias que son posibles y que también están bien».
Eva Rivas Sada, historiadora y profesora de la Escuela de Humanidades y Educación del Tec de Monterrey, advierte que las cifras responden en buena medida a una sociedad urbana y a tendencias históricas del Estado.
«Siempre hemos estado con menos hijos que el promedio nacional», señala. A ello se suman mayores niveles educativos.
«La educación ha sido o es el principal medio de movilidad social».
Rivas explica que en Nuevo León la escolarización y la adquisición de vivienda han formado parte de una aspiración histórica de movilidad y patrimonio familiar. Pero el encarecimiento de Monterrey y su zona metropolitana ha alterado los tiempos en que esos proyectos pueden realizarse.
«Es para mí, primero y ante todo, una especie de adaptación al encarecimiento de la vida en la ciudad», afirma sobre decisiones como tener menos hijos, postergar la maternidad o paternidad, retrasar el matrimonio o buscar primero una vivienda.
La concepción tradicional de familia, considera, «no es que haya perdido vigencia». Lo que ha cambiado es que ahora convive con otras posibilidades socialmente aceptadas: permanecer soltero, vivir de manera independiente, postergar la unión de pareja o establecer relaciones que no pasan necesariamente por el matrimonio.
ENTRE AUTONOMÍA Y VÍNCULOS
Félix López, filósofo e investigador social, propone mirar con cautela el crecimiento de los hogares unipersonales. Detrás de la cifra, dice, aparece una pregunta: si estos cambios expresan «una pérdida del lazo social o una ampliación de la libertad».
«Vivir solo no es estar solo», sostiene. Un hogar unipersonal puede representar «una elección largamente deseada, una autonomía económica conquistada, una viudez o un abandono». Son experiencias muy distintas que una estadística, por sí misma, no permite distinguir.
Por eso, señala, importa observar no sólo con quién se comparte una vivienda, sino qué vínculos existen fuera de ella.
Mendiola coincide en separar independencia de aislamiento.
«Poder estar solos o solas, yo creo que es una capacidad muy valiosa y es como un superpoder», afirma. «Una vida independiente también necesita vínculos. Siempre se necesitan vínculos y nadie tendría que demostrar que es fuerte porque hace todo sin apoyo».
López añade otro matiz.
«La libertad de vivir solo no está igualmente distribuida».
Para hacerlo se necesitan ingresos, acceso a vivienda y redes de apoyo. Sin esas condiciones, advierte, lo que se presenta como autonomía puede ser, sobre todo en la vejez, «una soledad no elegida».
EL PESO DE LAS EXPECTATIVAS
La disminución en el número de hijos también modifica las relaciones dentro del hogar y las expectativas que los padres pueden depositar en ellos.
«Los hijos necesitan amor, necesitan acompañamiento, validación, muchas cosas», señala Mendiola. «Pero también necesitan libertad para no tener que cumplir todos los sueños pendientes de los papás».
El aumento de los divorcios introduce otro desafío. Para la psicoterapeuta, la permanencia de una pareja no debe confundirse necesariamente con el éxito de la relación.
«Separarse puede ser una decisión responsable. Pero obviamente implica pérdidas y pérdidas dolorosas. No todo matrimonio que dura funciona bien», comenta.
Cuando existen hijos, advierte, los adultos deben evitar trasladarles el conflicto.
«Los hijos no deberían de convertirse en jueces del matrimonio o mensajeros entre los papás, mensajeros del conflicto, ni tampoco acompañantes emocionales de los adultos en sus crisis o en sus conflictos».
López pide también cautela al leer las estadísticas.
«La encuesta mide hogares», subraya. Registrar quién vive bajo el mismo techo no permite saber por completo «quién cría, quién sostiene o quién acompaña».
Lo mismo ocurre con la relación anual entre divorcios y matrimonios: no significa que esa proporción de uniones termine separándose, porque los matrimonios y divorcios registrados durante un mismo año corresponden a generaciones distintas de parejas.
EL RETO DE CUIDAR
Para López hay dos tendencias que deben observarse juntas: el crecimiento de los hogares encabezados por mujeres con hijos y sin pareja y el envejecimiento de la población.
«La pregunta que las une es elemental: ¿quién va a cuidar?», plantea.
«Toda forma de vida, por libre que sea, descansa en un trabajo de cuidado que alguien realiza, casi siempre mujeres y casi siempre sin reconocimiento ni remuneración», señala.
Si el cuidado continúa tratándose como un asunto privado de cada hogar, advierte, la diversificación familiar puede terminar aumentando la carga sobre quienes ya la sostienen. El problema adquiere otra dimensión conforme crece la población de mayor edad y aumenta la necesidad de acompañamiento y atención.
Los cambios familiares tampoco ocurren separados de la economía y de la organización de la ciudad. López apunta a las jornadas laborales extensas, los largos traslados en una metrópoli dispersa y el encarecimiento de la vivienda como condiciones que también modifican la posibilidad de convivir, criar y cuidar.
Rivas coincide en que estas transformaciones deben entenderse dentro de una ciudad que históricamente ha ofrecido oportunidades de movilidad social, pero donde resulta cada vez más difícil adquirir patrimonio y sostener determinados proyectos de vida.
La familia tradicional no desaparece, pero deja de ser el único camino posible. Para Mendiola, esa diversidad obliga a prestar más atención a la calidad de las relaciones que a su forma.
Las nuevas maneras de organizar la vida familiar, resume, «nos empujan a tener que construir vínculos más conscientes».
