‘DESBOCADAS’, LAS YEGUAS DEL APOCALIPSIS EN EL CHOPO
Ciudad de México 29 septiembre 2026.- La muestra retrospectiva de Las Yeguas del Apocalipsis que llegará esta semana al Museo Universitario del Chopo, la primera en México, será «como abrir la tumba de una princesa o sacerdotisa moche».
Así la concibe Francisco Casas (1959), integrante junto con el icónico escritor Pedro Lemebel (1952-2015) del célebre colectivo chileno de arte queer, dado el carácter medio de leyenda, medio de mito, de varias de las acciones con las que irrumpieron en el cotidiano durante los últimos años de la dictadura militar de Augusto Pinochet y los primeros del tránsito a la democracia.
«Van a encontrar, tal vez, lo que la gente quisiera ver como la prueba fehaciente (de nuestra labor). Porque si te pones a pensar, muchas de las performances nunca las vio nadie», cuenta entre risas el artista, poeta, performer y activista enlazado desde Buenos Aires, donde radica.
«Fueron sólo mitos, relatos, ¿existieron, no existieron? No hay registro porque en esa época con Pedro nos negábamos a la idea de museo», explica. «El museo era un espacio burgués coleccionable de los devenires artísticos, de los imaginarios. Sigo pensando un poco lo mismo, a excepción con un museo universitario como es lo grandioso del Chopo».
De ahí que no haya más que memorias personales de, por ejemplo, su irrupción en la clausura del Congreso del Partido Comunista de Chile, en 1989; del lavado de pies a personas afectadas por el Sida, o de cuando le mostraron el trasero al poeta Nicanor Parra.
Sin embargo, parte de aquel disruptivo quehacer, siempre a partir del cuerpo como soporte de arte, quedó preservado en notas de prensa, fotografías y videos, que es de lo que se compone Desbocadas, Yeguas del Apocalipsis; Retrospectiva, exposición curada por el cubano Gerardo Mosquera y presentada a inicios de año en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) de Santiago.
Ya fuera con performances sorpresa en el espacio público o en escenificaciones anunciadas -en ambos casos, casi siempre travestidas, desnudas o semidesnudas-, Las Yeguas del Apocalipsis tuvieron una intensa actividad de 1987 a 1993, denunciando atropellos, crímenes impunes, castigos sociales y otras formas de segregación padecidas calladamente por la comunidad homosexual.
«La gente siempre pensaba que Las Yeguas del Apocalipsis eran muchas; entonces, se producía un terror en Santiago. Cada vez que íbamos a un lugar, decían: ‘¡Vienen las yeguas!, ¡vienen las yeguas!’. Por supuesto, a hacer un desmadre. Y eran estos dos flacos con olor a miseria vestidos con unos trapos ordinarios que se los ponían como si fueran Greta Garbo o Elizabeth Taylor, o más cercano: María Félix y Dolores del Río», rememora Casas.
«Se supone que Pedro encontraba tonta a Dolores del Río porque era fina, porque era elegante; en cambio, la María Félix era la power woman, digamos. Y, entonces, él era María Félix y a mí me dejaron el lugar de la tonta», suelta una carcajada el creador chileno. «Entonces, me decía Dolores o Lolita, hijo de puta».
La muestra evoca, entre otras cosas, su intervención frente a un prostíbulo travesti, la parodia que hicieran de La Última Cena y hasta su memorable resignificación de Las dos Fridas, de Frida Kahlo. Pero también la instalación en la que leyeron el nombre de todos los detenidos, desaparecidos y ejecutados políticos, en respuesta a la pretensión de «perdón y olvido» del entonces Presidente Patricio Aylwin.
«Dijimos: ‘No, acá no vamos a olvidar y no vamos a perdonar nada. Queremos saber dónde están, qué pasó, cómo murieron. Queremos saber exactamente todo. Los familiares tienen derecho a saber dónde están los restos de sus seres queridos, dónde los despedazaron, quiénes son los cómplices, quiénes son los homicidas (…) Tienen derecho a las indemnizaciones correspondientes’.
«Me parece una de las piezas que, tal vez, se encuentre más impactante», estima Casas: «No todo es pluma y cabaret, reina».
‘¡Cómo es la vida!’
Aquella «relación de odio, de amor y de muerte hasta el final de los tiempo» entre Lemebel y Casas tuvo como germen un encuentro donde el primero, formado como artista plástico, estaba vendiendo, entre otras cosas, afiches afuera de la Sociedad de Escritores Chilenos.
El joven Francisco -«Panchita», para los amigos; «Francisco es un hombre de santo que no me gusta mucho», dice-, al ver uno del Che Guevara, le dirigió lo siguiente: «Linda, ¿no tendrás uno de Miguel Bosé o de Ricky Martin? Modernízate».
La vida bohemia del underground chileno, donde tenían como amistad en común a la poeta Carmen Berenguer, los volvería a juntar.
«Un día estamos tomando así -porque en esa época tomamos cajita de vino, no sé, en el Parque Forestal donde nos juntábamos al cruising-, y había ocurrido la gran tragedia para nuestros mundos que fue que había llegado la pandemia del Sida a nuestra ‘provincia señalada’, como le dijo a Chile Alonso de Ercilla y Zúñiga.
«Y me dice Pedro: ‘Cachi (por ‘cachera’, quien asume un rol pasivo en los encuentros sexuales entre hombres), yo creo que el Sida es uno de los jinetes del Apocalipsis que viene por nosotras'», relata Casas, cuya respuesta fue: «‘Petra, mira, no son jinetes, somos yeguas del Apocalipsis’. Y empezamos a reírnos de la palabra».
Bajo tal etiqueta, con una carga semántica fuerte en tanto «yegua» era usado entonces como un insulto misógino y despectivo, Casas y Lemebel, quienes se influían mutuamente, emprendieron una práctica en las postrimerías de la dictadura que, por supuesto, no estaba desprovista de peligro.
«Los riesgos siempre estuvieron, pero una como que vivía en el carnaval de Río Janeiro y no te interesaba. La loca no le tiene miedo a la muerte si hay deseo; sabe que el chacal la va a matar, pero igual se le mete a la cama. El ‘qué más da’ ya lo conocemos», apunta Casas con humor, parafraseando además el arranque de Ojos que da pánico soñar, del mexicano José Joaquín Blanco: «¿Has visto alguna vez la mirada de un puto que te va a matar?».
«Pero igual la loca como que se pinta un poco la boca, se contonea y va. Entonces, hablar del miedo en nuestros casos es diferente, digamos. Es completamente estrambótico».
Cuando las puertas comenzaron a cerrársele por todos lados y la situación de su país se había vuelto crítica, Casas partió hacia México a fines de los 90, y se quedaría una década.
En ese tiempo convivió muy de cerca con el activista José María Covarrubias, la «Pepa», «que le decía yo, mi Pepa querida; éramos tal para cual», remarca el chileno, para quien resultó muy significativo que la retrospectiva se presente ahora en la sala del Chopo que lleva el nombre de su amigo.
«Me saltaron las lágrimas. ¡Cómo es la vida! Yo me siento un poco culpable de haber abandonado a la Pepa», comparte, a propósito de su suicidio a unos meses de que Casas regresara a Santiago.
Ya desde la multitudinaria inauguración en el MNBA, que su entonces directora Varinia Brodsky calificó como «un acto de justicia simbólica», la muestra ha estado llena de una fuerte carga emocional para Casas.
«Ella empieza su discurso de inauguración pidiéndome disculpas públicas a mí y a Pedro por las atrocidades que nos hicieron en el museo (más de tres décadas atrás) cuando nos expulsaron con guardia de seguridad y a golpes», refiere el artista, admitiendo que en un primer momento le costó mucho entrar al recorrido.
«No quería porque tengo que recordar cosas que ya no quiero, que me producen muchos sentimientos, porque prácticamente sólo yo voy quedando viva. (Pero) mientras yo viva, Las Yeguas del Apocalipsis viven, y espero que vengan más yeguas, potrillas, mulas, las que quieran, todo el zoológico completo en esta Arca de Noé que es nuestro mundo LGBT+. Aquí cabemos todas; no importa lo que tengas abajo, interesa lo que tienes arriba en el cerebro, mi reina».
‘Para que no nos pasen encima’
En la retrospectiva de Las Yeguas del Apocalipsis, que arranca con un conversatorio este jueves a las 18:00 horas en el recinto ubicado en Dr. Enrique González Martínez 10, Santa María la Ribera, hay herramientas «para que no nos pasen por encima».
«Nos descuidamos un tantito, y ya tenemos a los gringos metidos en México, y del México hacia el sur», advierte Casas, con preocupación por «estos sistemas capitalistas homofóbicos nazis que están ahora implantándose como virus en nuestra querida América Latina, y sobre todo en el cono sur; o ‘coño sur’, me gusta más».
Ahora mismo acaba de atestiguar cómo en Argentina, para cuyo Gobierno el calificativo «demencial» le resulta poco, pretendían suspender la marcha del orgullo por la visita del Papa León XIV a la capital en noviembre próximo.
«Recién se llegó a una negociación, nos tuvieron un poco de miedo; que tiemblen los ‘buga'», señala Casas, divertido, pero sin dejar de dirigir un exhorto a la defensa de los derechos no nada más de la comunidad LGBT+, sino de las mujeres, los pueblos indígenas, obreros e inmigrantes. «Yo he sido indocumentado, maricón, feo, pobre. Sé lo que cuesta».
«No hay que reducir todo a una minoría. En estos momentos planetarios, las minorías somos todos», sostiene. «Nosotros somos maricones, pero también somos políticos, somos pensantes, somos de izquierda. O sea, lo queremos todo. Nosotros lo queremos todo: Dignidad, dignidad para nuestros pueblos».
