Cultura

AMÉRICA LATINA UNE ESFUERZOS PARA PREVENIR DEMENCIA

Ciudad de México 20 julio 2026 .-Adoptar cinco hábitos cotidianos y sostenerlos con acompañamiento durante 2 años mejora la función cognitiva de los adultos mayores en riesgo de demencia.

 Así lo demuestra el primer ensayo clínico aleatorizado y multicéntrico de prevención del deterioro cognitivo realizado en 11 países de América Latina, LatAm-FINGERS, publicado este 13 de julio en la revista médica The Lancet, en coincidencia con la Conferencia Internacional de la Alzheimer’s Association, que financió el proyecto.

 El dato es relevante en una región que envejece más rápido de lo que se desarrolla, y donde la demencia, sin una cura disponible, avanza.

 En América Latina la enfermedad crece entre la población con más factores de riesgo y menos acceso a la salud.

 De ahí la importancia de prevenir, de acuerdo con la investigadora Ana Luisa Sosa, quien coordinó el estudio en México.

 «Los países ricos fueron envejeciendo mientras se enriquecían. Los países en desarrollo nos hemos venido envejeciendo muy rápidamente, y no nos hemos enriquecido.

 «En México, casi 10 de los últimos años de vida los vivimos con discapacidad y dependencia. Yo, por lo menos, esos 10 años no los quiero así», dice en entrevista a distancia, desde Londres, sede de la conferencia, la investigadora mexicana, adscrita al Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía Manuel Velasco Suárez (INNN).

 El programa forma parte de una red mundial, Worldwide FINGERS, que replica con adaptaciones locales el ensayo finlandés FINGER (siglas para Fitness, en alusión a la actividad física; Intervention, atención en salud; Nutrition, alimentación sana; Group, actividades grupales, socialización; Exercise, ejercicios y estimulación cognitiva, y Risk, riesgo, control de factores de riesgo vascular), pionero en 2015.

 Los cinco hábitos, pilares del estudio, son precisamente:

 1. Actividad física.

 2. Actividad cognitiva.

 3. Actividad social.

 4. Alimentación saludable.

 5. Control de enfermedades crónicas, como la diabetes y la hipertensión.

 El ensayo reunió a mil 65 participantes de entre 60 y 77 años en riesgo de demencia, en Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, México, Perú, República Dominicana y Uruguay.

 Los participantes fueron asignados al azar a uno de dos grupos.

 Uno recibió una intervención estructurada, con acompañamiento profesional durante 2 años. El otro, consejos generales de salud, para seguir por cuenta propia.

 Los dos mejoraron su desempeño cognitivo, pero el grupo estructurado avanzó más: 0.31 desviaciones estándar por año en un compuesto cognitivo global, una medida estándar de mejoría, frente a 0.20 del grupo flexible.

 La diferencia entre ambos, de 0.11 puntos por año, fue estadísticamente significativa. Ninguno de los dos grupos se deterioró durante el periodo. El 82.3 por ciento completó los dos años de seguimiento.

 Al compararla con los estudios previos, esa cifra resulta varias veces mayor: el ensayo finlandés reportó en 2015 una diferencia entre grupos de 0.022 desviaciones estándar por año, y el estadounidense US POINTER, presentado en 2025, una de 0.029.

 «En nuestra población, los cambios que se observaron fueron mayores a los que se observaban en otros países. ¿Por qué? Porque en otros países la gente tiene mayor educación para la salud, entonces los cambios que podían hacer eran menores. Nosotros, como podíamos cambiar más cosas, el impacto fue mayor», explica Sosa.

 Según la comisión de The Lancet sobre prevención de demencia, alrededor del 40 por ciento de los casos en países de altos ingresos se asocia a factores de riesgo modificables.

 En países en desarrollo, como México, esa proporción se acerca al 56 por ciento.

 «Tenemos más factores de riesgo, pero al mismo tiempo son más ventanas de oportunidad», agrega la investigadora, integrante de 10/66 Dementia Research Group, asociación cuyo nombre obedece a que dos tercios de las personas con demencia viven en países con bajos y medios ingresos, pero menos del 10 por ciento de los estudios con población se hace en esas regiones.

Pensando en Latinoamérica

 Inspirado en el modelo finlandés, LatAm-FINGERS se adaptó a las distintas realidades latinoamericanas.

 Una estrategia que rescató hábitos alimenticios tradicionales en lugar de la «costosa e inaccesible» dieta mediterránea que promueve el consumo de alimentos como el salmón. En su lugar, se recomendaron opciones económicas y muy nutritivas, como la sardina y el nopal, un magnífico antioxidante natural.

 «La dieta mediterránea es muy buena, pero en el Mediterráneo», apunta Sosa. «Allá hay salmón, hay muchos pescados. Las sardinas son tan buenas como el salmón, y no tienen ese costo».

 En cada país se buscaron opciones locales, pero el común denominador fue una alimentación rica en frutas, verduras y proteínas, y la menor cantidad posible de carbohidratos, entre ellos el pan.

 «Uno de los problemas que tenemos es que hemos perdido nuestras tradiciones», lamenta. «Antes la gente comía nopales, tortillas, frijoles. Pero ahora, si usted va a una ranchería, la gente tiene sus papas fritas y sus refrescos».

El acompañamiento

 Otra diferencia fue el acompañamiento brindado a los y las participantes.

 «A un grupo sólo le dimos una plática», explica Sosa. «Y al otro grupo lo llevamos de la mano. Tenían que venir todos los días a las 9 de la mañana; ahí estaba su entrenador, reportaban sus avances, y, si no entraban, les mandábamos a alguien».

 Las sesiones, realizadas en parques, integraban ejercicio con ligas, tapetes y mancuernas, guiado por enfermeros especializados en actividad física del adulto mayor.

 Para el entrenamiento cognitivo se emplearon tabletas y los adultos mayores con desconfianza hacia la tecnología contaron con el acompañamiento de estudiantes de sicología.

 Sosa comparte que al terminar el periodo de actividades, varios participantes siguieron acudiendo al parque por su cuenta, y algunos contrataron a los mismos instructores para continuar.

 «Uno de los grandes males de la vejez es la soledad», dice Sosa.

 De modo que sentirse atendidos y acompañados a través de la actividad social que hacían en grupo significó un gran beneficio. Una paciente, cuenta, le confesó que antes de entrar al programa «le había pedido a Dios que se la llevara», y que después le pedía lo contrario: dejarla vivir más.

La participación

 Tres de cada cuatro participantes fueron mujeres, aunque la muestra incluyó a muy pocas personas indígenas y afrodescendientes, justamente las poblaciones que concentran buena parte del riesgo en la región.

 Sosa atribuye parte del sesgo de género a un fenómeno generacional: las mujeres que hoy tienen 70 años estudiaron menos que los hombres de su edad, se quedaron en casa y muchas nunca recibieron pago por su trabajo.

 «Trabajaban igual, pero no les pagaban», añade.

 El reclutamiento, además, buscó deliberadamente a personas de baja escolaridad, con factores de riesgo y de clase media y media baja, para que la muestra fuera representativa y hubiera margen real de mejora.

 La cuestión de fondo, para un País con cerca de 1.6 millones de personas con demencia y una proyección que supera los 3 millones hacia 2050, es si esto puede salir de un protocolo financiado y llegar a la población.

 Sosa insiste en que no requiere grandes recursos.

 «Las actividades físicas las hacíamos en un parque público», cuenta. «Primero quisimos conseguir un gimnasio, no se pudo. Y resultó benéfico, porque personas que pasaban se unían a la actividad».

 El gran desafío es incidir en la política pública de salud.

 «Muchos de nuestros esfuerzos están fragmentados. Llega un gobierno y promueve algo, llega el otro y dice: ‘Eso no sirve’, y lo cancela».

 Su propuesta es articular en redes lo que ya existe, el IMSS, el ISSSTE, los centros de salud y el INAPAM, bajo un elemento común que guíe las actividades.

 Sabe, además, que la evidencia publicada no basta por sí sola.

 «Estos estudios, si no son aplicados, no sirven de nada», advierte. «Pueden estar en el mejor journal de medicina, pero si no tienen impacto, es como si no se hubieran publicado».

 El estudio, entre cuyas autoras y autores también figuran Lucia Crivelli, Claudia Kimie Suemoto, Francisco Lopera, David Aguillón y Ricardo Francisco Allegri, no termina aquí y continuará dando seguimiento a los participantes durante 4 años más, ya sin la intervención dirigida, con evaluaciones cada seis meses. El objetivo es evaluar si logran mantener de forma autónoma los hábitos adquiridos.

 La disciplina, admite la investigadora con humor, no es el fuerte de la región. Sin embargo, el mensaje que Sosa quiere transmitir es de esperanza y de responsabilidad.

 «El adulto mayor dice: yo ya estoy viejo; la vejez ya no se cura», señala. «Y aquí el mensaje es que nunca es tarde».

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